Movimiento 4 de junio

El movimiento 4 de junio fue creado para mantener viva la memoria y vigentes los ideales de aquellos revolucionarios que en 1943 empezaron a escribir la historia mas fecunda de la República Argentina, desalojando del poder a quienes llevaron a la Nación a la pobreza y a la entrega.
¡QUE VIVA POR SIEMPRE LA REVOLUCIÓN DEL 4 DE JUNIO DE 1943!

domingo, 7 de mayo de 2017

La compañera Evita llegaba, a esta tierra, hace 98 años




LA HORA DE MI SOLEDAD

El incendio seguía avanzando con nosotros. Los “hombres comunes” de la oligarquía cómoda y tranquila empezaron a pensar que era necesario acabar con el incendiario. Creían que con eso acabaría el incendio.
Por fin se decidieron a realizar sus planes.
Esto sucedió en la última hora de la Argentina oligárquica. ¡Después, amaneció...!
Durante casi ocho días lo tuvieron a Perón entre sus manos.
Yo no estuve en la cárcel con él; pero aquellos ocho días me duelen todavía; y más, mucho más, que si los hubiese podido pasar en su compañía, compartiendo su angustia.
Al partir me recomendó que estuviese tranquila. Confieso que nunca lo vi tan magnífico en su serenidad. Recuerdo que un Embajador amigo vino a ofrecerle el amparo de una nación extranjera. En pocas palabras y con un gesto simple decidió quedarse en su Patria, para afrontarlo todo entre los suyos.
Desde que Perón se fué hasta que el pueblo lo reconquistó para él — ¡y para mí! — mis días fueron jornadas de dolor y de fiebre.
Me largué a la calle buscando a los amigos que podían hacer todavía alguna cosa por él.
Fuí así, de puerta en puerta. En ese penoso e incesante caminar sentía arder en mi corazón la llama de su incendio, que quemaba mi absoluta pequeñez.
Nunca me sentí — lo digo de verdad — tan pequeña, tan poca cosa como en aquellos ocho días memorables.
Anduve por todos los barrios de la gran ciudad. Desde entonces conozco todo el muestrario de corazones que laten bajo el cielo de mi Patria.
A medida que iba descendiendo desde los barrios orgullosos y ricos a los pobres y humildes las puertas se iban abriendo generosamente, con más cordialidad.
Arriba conocí únicamente corazones fríos, calculadores, “prudentes” corazones de “hombres comunes” incapaces de pensar o de hacer nada extraordinario, corazones cuyo contacto me dió náuseas, asco y vergüenza.
¡Esto fué lo peor de mi calvario por la gran ciudad. La cobardía de los hombres que pudieron hacer algo y no lo hicieron, lavándose las manos como Pilatos, me dolió mas que los bárbaros puñetazos que me dieron cuando un grupo de cobardes me denunció gritando: — ¡Esa es Evita!
Estos golpes, en cambio, me hicieron bien.
Por cada golpe me parecía morir y sin embargo a cada golpe e sentía nacer. Algo rudo pero al mismo tiempo inefable fué aquel bautismo de dolor que me purificó de toda duda y de toda cobardía.
¿Acaso no le había dicho yo a él: — “...por muy lejos que haya que ir en el sacrificio no dejaré de estar a su lado, hasta desfallecer”?
Desde aquel día pienso que no debe ser muy difícil morir por una causa que se ama. O simplemente: morir por amor.

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